lunes, 12 de enero de 2009

Los que dijeron tener miedo y se tiraron del precipicio.


Se conocieron. Se acercaron. Se quisieron y se separaron.



Tuvieron oportunidades para demostrar que realmente valían la pena. Él arriesgaba su vida todos los días. Ella, daba las más trágicas noticias. Las discusiones entre ambos eran más frecuentes de lo que quisieran.

- ¡No puedes estar jugándote la vida siempre! –dijo ella, gritando casi de desesperación.-
- ¡Es mi trabajo! Lo sabías cuando me conociste –su furia era grande. Ella no le entendía, no entendía que el quería dar su vida por otros-.
- Por favor, por favor –suplicaba- casi puedes pedir la pre-jubilación. Pídela, por favor.
- Escúchame –dijo, cogiéndole ambas manos- llevo trabajando en esto desde hace 40 años. Nunca me ha pasado nada. Me quedan 3 años para jubilarme, déjame salvar vidas durante este período. Por favor –suplicaba el-.
- Dime una sola razón por la que no quieres dejarlo.
- Es mi vida –explicaba- no me pasará nada, te lo prometo. Te lo juro.

La discusión se fue agrandó por momento y ninguno de los dos iba a ceder -eso estaba claro-, no parecían conscientes de las palabras que decían. No estaba convencida. Ella no estaba convencida. El teléfono sonó. El tenía que irse. Se fue a despedir de ella pero ella estaba encerrada en el baño. Llorando.

Se sentía culpable también. Ella oyó como cogió el coche y se fue.


Tal vez. A las 6 ella se fue a trabajar. La mujer de las 1000 caras. La que ganaba siempre, la que tenía siempre una solución.


La llamada. La última. La acababan de avisar de que su marido estaba en el hospital. Cogió las llaves y se fue directamente hacia la dirección que le habían proporcionado. La mujer, al llegar, se fue directamente hacia otro bombero que estaba sentado en la sala de espera.


- Có, có, cómo, cómo, por qué, dime, lo que, por, por favor – no conseguía decir nada, las palabras se le alborotaban. Quería decir tantas cosas y a la vez no decía ninguna.
- Escucha –dijo su compañero- tuvimos un incendio en un orfanato. Estaban todos los niños fuera cuando los profesores se dieron cuenta de que faltaba uno.


La mujer no entendía, ¿qué le estaba contando? ¿qué le estaba queriendo decir?


- Le dijimos que era muy precipitado, que esperara a que llegara el jefe con las nuevas mascarillas ya que las que teníamos en ese momento estaban todas usadas. Pero el… no hizo caso. Las mejillas de la mujer estaban llenas de lágrimas.
- El entró a sabiendas de que podía no salir. Nos dijo que tenía que salvar a ese niño, que no nos preocupáramos, que saldría.
- ¿Dó-dónde está? –consiguió decir. Tenía miedo de la respuesta-.
- Lo han entrado. Cuando estaba dentro se ha derrumbado una parte del edificio, y el estaba dentro.
- ¿Dónde, dónde está? –los gritos de la mujer se ahogaban en ese pasillo. Todo el mundo los escuchaba, nadie decía nada-.


El doctor, el médico, el confidente, el traedor de malas noticias al fin y al cabo le dio una mala noticia. Eran sus últimos momentos. El hombre había sufrido un grande traumatismo. Solo podían despedirse, unas últimas palabras.


Silencio.


La mujer entró. Dejó el bolso en el suelo. Su marido estaba consciente –por poco tiempo-.


- Lo siento, lo siento, lo siento de verdad – se disculpaba ella una y otra vez- era una tontería. Este trabajo es tu vida, yo .. –entre lágrimas- yo tenía que haberme dado cuenta. Discúlpame por todas las veces que me he comportado mal, por las broncas, por las malas caras… tu sabes que te quiero. El hombre asintió, mal. Como pudo. Diste tu vida por un niño, el tiene ahora toda la vida por delante. Te amo. Te lo juro.


La muerte entró rápidamente en el cuerpo del hombre. La mujer lloró. Su próximo recuerdo fue entrando en casa. Necesitaba agua. Fue a la cocina y allí lo vió. Un pequeño papel arrancado de la libreta: “¿Cuántos ángeles has visto caer? No seas tan gruñona. Te amo”. Lo debió haber escrito antes de irse a trabajar. A trabajar por última vez. Y ella no se había despedido. Ni siquiera recordaba las últimas palabras que le había dicho. Se acercó al papel, entre lágrimas. Lo cogió con ambas manos, temblorosas. Se lo acercó a la cara. “A uno” dijo, se le quiebraba la voz. "A uno" dijo de nuevo, dejándose caer al suelo entre lágrimas.

Bueno, esto es algo que escribi hace ¿2 semanas? Sí, seguramente. No me acaba de convencer, pero me da pena tenerlo guardado en una carpeta del ordenador. Saludos
PD; Mira la última entrada :)

3 comentarios:

  1. Pues a mí me encanta lo que has escrito.
    Tienes talento, Jud, aunque no quieras reconocerlo. Me gusta tu forma de escribir, espero que pronto publiques más cosas.
    Yo ahora mismo estoy sin inspiración, a ver si ahora rebusco en el ordenador y subo un texto antiguo.
    Cuidate : )

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  2. Jo, si ke scribes bien,solo ke taaaaaan, triste... Lo ke pasa es ke las isorias cortas suelen salir cn final triste.. mi tbn me pasa^^
    nseri, e mola

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