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Rozó la comisura de mis labios y se deslizó entre mis ojos. Tuve ganas de frenarle pero no lo hice. Estaba feliz. Me había llevado a San José, a su muelle. Me lo regaló. No me lo regaló en plan comprarlo, si no en plan…
- Este es mi lugar favorito desde los 7 años –agregó.
- ¿Y me lo regalas? Kevin… ¿Por qué a mí?
- ¿Por qué a ti? –rió y me miró a los ojos- porque me has devuelto las ganas de querer. Porque has posado en mi toda la tranquilidad, y a la vez energía, que nunca he tenido. Porque me has demostrado que te importo, y eso me hace feliz. Porque te mereces mucho más, pero esto me parecía más estúpidamente romántico. Porque en r..
- Calla –puse uno de mis dedos en su boca, evitando que hablara.- esto es estúpidamente fantástico. Y yo te quiero, Kevin. Te quiero. Y adoro que me hayas regalado este lugar, pero te adoro más a ti.
- Vale, esto me parece, ahora, estúpidamente parecido a todas las películas románticas que he visto contigo.
- Solo que ahora somos nosotros los protagonistas –agregué- y no lo cambiaría por nada del mundo.
* * *
Una tarde me envió un mensaje. Me citó en “nuestra” calle. Llegué allí unos diez minutos antes, pero él ya me estaba esperando, y no lo entendía, la puntualidad era algo raro en él. Y miré su cara, y supe predecir lo que pasaría, solo que no quería saberlo porque sabía que era algo malo.
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- Naye… has venido –soltó Kevin.
- ¿No me has citado? Aquí estoy –me acerqué a él para besarle, pero se apartó-. ¿Qué pasa? –dije, extrañada.
- Verás –se frotó la cara con las dos manos, ni me miraba a los ojos- tenemos que dejar esto.
- Define “esto” –dije.
- Nuestra relación. Lo siento mucho pero…
- … ¿Pero?
- No te convengo. Me iré de esta ciudad, me alejaré de ti. Me duele, cariño… -dijo- pero me tengo que ir.
- Yo –interviné.
- No intentes entenderlo –me cortó- no lo entiendo ni yo. Me cogió las manos –solo recuerda una cosa… Te quiero.
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¿Qué tipo de despedida era esa? Y tenía el morro de decirme que no intentara entenderlo. El timbre sonó y anduve apresuradamente para mirar quien era. Antes de que mirara la puerta se estaba abriendo. Solo él tenía llaves.
- ¿Kevin? –dije extrañada. Allí estaba, con su pelo revuelto y su sonrisa tímida.
- Naye…
- ¿Qué haces aquí? –dije… no sé lo que se pensaba.
- Te echaba de menos.
- ¿Qué me echabas de menos dices? Tu qué eres ¿gilipollas? –agregué.
- ¿Cómo? –preguntó, como si no supiera de que le hablara.
- Me citas y me dices que me dejas. Te vas de la ciudad y no coges el teléfono, no contestas a ninguna de mis llamadas. Dejas a tus padres sin ninguna explicación y ahora me dices que me echabas de menos. ¿Qué te crees que soy? ¿Un juego? –me giré, pero él me agarró de la muñeca y me encaró hacia él.
- Eh –acercó su cara a la mía- lo siento ¿vale? Era mejor que me fuera… al menos durante un tiempo. No sabes lo duro que esto ha sido para mí.
- ¿Y para mi qué te crees que ha sido? –dije.
- Lo siento. De veras, no sabes cuanto –dijo tiernamente.
- A mi ya no me valen los “lo siento” ni tus caras. Ni tus sonrisas. Kevin, vete – se me quedó mirando, le giré la mirada.
- ¿Lo dices en serio?
- Kevin –intenté que me dejara las muñecas- no te quiero volver a ver nunca.
Se acercó a mí y se me quedó mirando. Eso me calmó más que cualquier pastilla. Se me quedó mirando y empezó a temblar.
- Tienes ganas de besarme –dijo él.
- No es cierto, y, además, acabarás haciéndolo tu primero –contesté.
Nos besamos y reí. No sé por qué se fue, tampoco sé por qué volvió. Solo sé que con él he vuelto a sonreír, y que mis castillos de naipes se desmoronan si me vuelve a decir adiós.
* * *
- Apuesto a que adivinas por qué tiemblo.
- ¿Tienes frío?
- No. Es solo que… te quiero demasiado.
* * *
FIN.